Hablando de soledades…

soledadLa mayoría de nosotros estamos acostumbrados a pensar y a sentir en función de lo que sociedad y las costumbres han estipulado como la forma correcta de vivir. Pero esto es algo que yo siempre me he cuestionado. Llegó un momento en mi vida en el que me pregunté si esta forma de ver la vida es correcta o útil para todos. Y llegó el momento también en que la respuesta fue un rotundo: NO.

Mucho de las tradiciones nos son útiles y nos ayudan a vivir mejor, a traer alegría a nuestra vida, a llenarla con lo que nuestro contexto puede darnos, hablando de afecto especialmente. Pero el motivo de mis cuestionamientos llegó cuando me di cuenta, con profunda tristeza, de que lo externo, por muy bello que sea, no podrá llenarnos si por dentro estamos vacíos.

Vemos a la soledad como algo que hay que evitar a toda costa y la buscamos solamente cuando ya queremos descansar de ese bullicio externo que a veces significa la vida. Y me propuse buscar el verdadero significado de la soledad porque para mí siempre ha sido mi eterna compañera, e incluso la busco desesperadamente cuando me siento invadida por el mundo exterior. Este extraño sentimiento me ha dominado siempre, y es extraño porque una parte de mí no la busca sino que la repele, anhelando compañía siempre.

Toda esta dualidad y confusión no puede significar más que una cosa: estamos vacíos por dentro, incompletos, rotos, destrozados, tanto que no nos hallamos ni solos ni con compañía, sino que somos almas buscando un no sé qué en los lugares equivocados.

Y por vacío no me refiero a la ausencia de sentimientos, criterios o personalidad, sino a ese no encontrarnos a nosotros mismos para saber nuestra verdadera misión en la vida. Quizás es la razón de tanto sufrimiento en la humanidad.

Lo que le expongo aquí es un criterio puramente personal porque, aunque nunca me enseñaron a cuestionarme sobre las imposiciones de la sociedad o la religión o la educación sino simplemente a obedecer, algo dentro de mí siempre me ha gritado un “hay más que no sabes”. Y este grito dentro de mí, que me ha gobernado por años, por mucho tiempo traté de silenciarlo hasta que me di cuenta que era imposible, y lo dejé fluir.

Y uno de mis principales cuestionamientos era precisamente el asunto de la soledad, porque por todos lados veía y escuchaba aquello de que la soledad es mala consejera, y por mucho que todos lo crean fielmente y en base a ello haya una desesperación generalizada por hallar una mano qué agarrar y que nos acompañe siempre en el camino incierto de la vida, lo cierto es que solamente estamos dormidos en una ilusión impuesta y debido a ello no alcanzamos a ver lo que realmente somos capaces de lograr como humanos.

Mucho de ese potencial se descubre y se desarrolla en soledad.

Y aquí entra también el asunto de Dios porque quizás la forma en que nos enseñaron a verlo es una de las razones de tanto sufrimiento. Nos enseñaron a buscar a Dios en algo externo, en iglesias, templos, altares, incluso en el cielo. Nos enseñaron a darle forma humana por aquello de que estamos hechos a imagen y semejanza de él. Pero no nos dijeron que Dios no se encuentra fuera sino dentro de nosotros y que somos hechos a imagen y semejanza de él, no de forma física sino que dentro de nosotros habita parte de su poder creador. Y no podemos verlo así por eso estamos tan vacíos. Nos negaron nuestro poder como humanos hechos a imagen y semejanza de Dios, y las creencias impuestas son tan fuertes que nos dominan y nos hacen creer que somos simples cuerpos físicos dependientes de un poder externo que nos castigará si nos portamos mal y que nos llevará al cielo si nos portamos bien. Nos negaron conocer nuestro poder, un poder creador de nuestras propias circunstancias, y vivimos haciéndonos víctimas de ellas cuando en realidad son nuestras propias vibraciones las que las crean.

Y qué difícil es cambiar estas creencias, están tan enraizadas en nuestro subconsciente que a la vez es una fuerza que no podemos dominar. Dependemos de los demás para estar bien o mal cuando somos nosotros los únicos gobernantes de nuestras emociones. Nos enseñaron a sufrir, a depender del cariño externo como único sanador de nuestras heridas y como única solución a la soledad que nos embarga. Los dramas los vemos a diario en la televisión, en la ciudad en la que vivimos, en nuestra propia casa, hasta en las canciones, y nos acostumbramos a vivir así, a ver esos dramas como parte de la vida, como algo que hay que tolerar. Vemos al sacrificio como virtud cuando en realidad es la prueba más contundente del poco o nulo amor que nos tenemos a nosotros mismos. Y si no nos amamos, cómo decimos amar a Dios, si Dios está dentro de nosotros.

Y ahí es cuando me sorprende todo el universo de cosas que no sabemos, porque nos limitamos a creer lo que nos dicen, lo que nos enseñan, y nunca nos enseñan a cuestionar esas creencias. Y cuando uno busca respuestas éstas van apareciendo en el momento correcto cuando estamos listos a conocer esa verdad. Y por lo general no buscamos respuestas sino hasta que estamos tan golpeados que no podemos más y caemos de rodillas a rogarle a una fuerza superior que nos ilumine el camino. Y ese poder superior que habita también en nosotros nos escucha y comienza a asomar la cabeza entre tanta niebla espesa y oscura que habita dentro nuestro.

Ahí comienza el camino del despertar y este camino es tan largo como apasionante. Es un constante descubrir cosas nuevas, es un constante desafío a las creencias impuestas, es una constante búsqueda de la armonía por vías no tradicionales ni ortodoxas.

Y es así como la soledad deja de ser la mala compañera y pasa a ser la mejor de las amigas. Aquella amiga que nos permite conocernos de verdad a nosotros mismos, aquella amiga que nos va a permitir desarrollar nuestro poder creador e intuitivo, aquella amiga que nos llevará a amarnos tanto que por fin podamos salir al mundo a dar amor de verdad y crear una realidad diferente y hermosa. Si de algo estoy segura es que nada ni nadie podrá llenar el vacío interior, eso es algo que tenemos que encargarnos de construir con nuestros propios recursos internos, aunque esa construcción solo la haga posible la misma soledad.

Gracias por leerme

Con amor

Vivi

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